domingo, 5 de febrero de 2012

Quizás todo se acabó con el otoño

No me dolió de la forma que hubiese esperado. Me dolió más la incertidumbre, en teoría infundada, aquella tarde en la que volví a casa rota después de un lo siento y un abrazo en mi portal. Pero ayer, antes de entrar a casa, me pregunté si lloraría, si sentiría otra vez ese dolor en el pecho, si le echaría tantísimo de menos que una vez más convertiría mi almohada en piscina. Me centré en si sentía lágrimas que sofocar. Pero... no había. No tendría ni que contenerlas. No tenía ganas de llorar ni lágrimas que se presentaran voluntarias para derramarse. El dolor en el pecho ya se debería de haber presentado en el mismo momento en el que oí tu voz diciendo esas palabras, porque me conozco y sé que me derrumbo en el primer momento, aunque sea un derrumbe de hormiguero y nadie lo note. El dolor en el pecho no vendría, al menos no por este adiós. Quizás dentro de mucho, mucho tiempo, echándote de menos de la manera que se echa de menos el ser una niña o aquella amiga a la que perdí sin saber muy bien por qué. Y el echarle de menos... ya ha amanecido. Mi almohada no se ha convertido en piscina municipal. No le he echado de mi mente, tampoco me he forzado en pensar en él. He pensado lo justo, en los buenos momentos, en los malos.
Más que recordar, he pensado en el futuro. Sigo aquí. Mi "mesa" ahora tiene cuatro patas y media, una de ellas bastante destrozada, como ha estado siempre. Amigos, a los que cada vez quiero más. Familia, que aunque es muy poco a lo que considero familia y parte de ello es lo que me da cinco días de tristeza al mes, lo que tengo es algo y sé que podría ser peor. Sueños, esta sobre todo compuesta de música, de tardes y tardes ensayando, cantando por ser mejor. Recuerdos, que nació del deseo de morir y decir "Ha sido bonito, ha valido la pena."Y finalmente, amor.
Soy una enamorada del amor, no puedo evitarlo. Esta pata no es una pata de verdad si nadie la llena. Sino, es un simple decorado. Pero un decorado que me da ánimos, como ahora mismo. A quien la ha vaciado, no le daría una tercera oportunidad, lo tengo claro. Mucho tendrían que cambiar las cosas. Pero me gusta imaginar quién será el siguiente que la llenará, cuándo, cómo, dónde. Siempre me ha encantado imaginar situaciones paralelas, alternativas. Y ahí sigue el decorado de pata, sin sujetarme pero dándome ánimo.
Eso son cuatro patas. Con cuatro patas una mesa puede sostenerse estupendamente sin carencias.
Aunque sepa que va a leerlo, esto no va para él. No es como la otra vez. Esta vez hubo decepción, decepción hacia él. De que alguien a quien yo consideraba tan maravilloso lo sea un poco menos, porque fingir que se quiere a alguien sólo para saber si es verdad es algo que nunca se debería hacer. No camina cogido de la mano con alguien a quien le vas a decir adiós en diez minutos. No se le pide ser amigos después de esto, se pregunta si querría. No se da un abrazo justo después. No se dice que echas de menos sin echar de menos. No se besa con amor sin amor, es obvio. Yo no existo para ser probada y luego, ya si eso, ser querida. Sino se tiene claro si se quiere a alguien, no se quiere.
Esto es lo que más me ha dolido de todo esto, y sólo por él. Porque le quiero, como amiga y como más y aun así me sigue preocupando.
Pero entré por la puerta, me costó girar la llave con las manos congeladas. Y saludé con mi hola entusiasmado de siempre, de esos que liberan las cuerdas vocales. Sonreí, porque sonreír puede ser una reacción de felicidad o lo que provoque la acción de la felicidad. Nadie me vio, mi madre me dijo que me pusiese el pijama, que me dejaría el ordenador y en un ratito cenaríamos. Me fui a mi habitación. Miré por la ventana y casi sin darme cuenta empecé a cantar. Mi voz seguía siendo la misma que hace dos días, cuando había conseguido coger mejor los agudos. Our Last Summer, canción que habla de un amor de verano hermoso, pero que pasó. Y que se recuerda con cariño. Fue entonces cuando me di cuenta de que eso era lo que yo sentía, que mis cuerdas vocales seguían ahí para lograr mi sueño de ser cantante. Que mis mejores amigos aunque la mitad no sepan escuchar problemas, me animarían aún sin saberlo como siempre. Que invitaría a mi padre a mi concierto del día siguiente, le gustase o no la música, y le daría una oportunidad. Que ahora tenía recuerdos preciosos, casi de sueño. Que lo que podría esperar ya no existía, y no valía la pena esperar de pie, en la tormenta, para que nada llegase.
Ya ha amanecido. Sigo aquí. Estoy de buen humor, de muy buen humor. Tengo un rumbo marcado. Me pondré a estudiar después de desayunar, a mi pesar. Después, he quedado con Clara. Fotos, vídeos, y hipster casi insuflado por vena. Volveré, comeré y decidiré por fin, del todo, vestuario, peinado y maquillaje para el concierto. Entonces, a pesar de la siesta de mi madre, ensayaré, calentaré. Me iré corriendo a la escuela de música, porque sé que llegaré tarde como siempre. Dos horas de ensayo, de nervios cada vez más fuertes. A las siete, concierto, una de las mejores horas del año para mí. En el concierto, quizás venga mi padre, puede que con su novia. Quizás venga mi mejor amiga, aun cuando eso no va para nada con ella. También puede que, con mi madre y mi hermano venga nuestra vecinita, un encanto de niña -y eso que no me gustan los niños pequeños. Nervios. Miraré el público a través del micrófono. Y pensaré en cómo quiero ver, en el futuro, al otro lado del micrófono.
Esta no es un entrada sobre el fin del amor y el comienzo de un amor no correspondido. No, el fin del amor vino con el invierno y el comienzo del amor no correspondido. Ahora, se ha terminado el amor no correspondido. No estoy deseosa por nuevos amores, sólo curiosa, pero no tengo prisa. Quiero desencadenarme de ese miedo a irme un día y que al día siguiente me digan que están mejor, como en el colegio me ocurría. Perder el miedo a la soledad. Dedicarle más tiempo a ensayar, a escribir canciones y componer instrumentales. Cuando algo termina, algo empieza.
 Imagen extraída de http://victorielle.tumblr.com/

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